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Nuevas tecnologías: ¿El futuro del trabajo para las mujeres que trabajan en los transportes?

Necesitamos tomar medidas ya, si queremos que las mujeres se beneficien de las nuevas tecnologías

Los debates en torno a la tecnología suelen ignorar la dimensión de género porque muchos expertos consideran que “la tecnología es neutral", es decir, que solo hará aquello para lo que haya sido diseñada. Esto podría ser cierto si consideramos las nuevas tecnologías de forma totalmente aislada. Pero si consideramos a las personas que las crean, y el sistema dentro del cual se crean, el sesgo de género es inevitable.

La mayoría de las veces, los prejuicios dominantes implican que, incluso cuando la tecnología está supuestamente diseñada para ayudar a las mujeres a progresar, acaban creando más de lo mismo: más condiciones de trabajo injustas, inseguras y desiguales. Necesitamos comprender mejor estas desigualdades y una mayor representación para garantizar que las mujeres no sean perjudicadas por las nuevas tecnologías y puedan beneficiarse de ellas.

Un mundo de hombres

El mundo en el que vivimos influye en nuestra forma de pensar, en nuestras creencias y experiencias como usuarios. Nuestro mundo está saturado de desigualdades e injusticias –contra las mujeres, los trabajadores, las minorías, contra el mundo en desarrollo— y la tecnología que emana de este mundo también lo está. Los desarrolladores, en parte consciente y en parte inconscientemente, acaban incorporando su visión sesgada a su proceso de creación. Dado que las mujeres participan en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en un número muy inferior al de los hombres, es más probable que los prejuicios a favor de los varones acaben arraigando en la propia tecnología. Además, hay menos gente reflexionando sobre cómo la tecnología podría influir o beneficiar a las mujeres.

Hay estudios que ya revelan el sesgo de género que poseen los resultados que generan algunos algoritmos. Por ejemplo, pensemos en un algoritmo que establece los requisitos de rendimiento en un almacén. Puede que se cree utilizando datos basados en el trabajo de un hombre de entre 20 y 30 años y no aplique ningún ajuste para una mujer de unos 50 años. Probablemente tampoco considerará qué indicadores podrían aplicarse a una madre joven que se reincorpora al trabajo después del parto. En ambos casos, la mujer sufriría el sesgo que el algoritmo lleva incorporado.

La financiación es otro factor que se añade al sesgo vigente. Las nuevas tecnologías a menudo requieren mucha inversión para despegar. La mayor parte de la riqueza del mundo ya está concentrada en un pequeño porcentaje de la población mundial y, dentro de ese grupo, el control de la riqueza está principalmente concentrado en manos de los hombres. Como resultado, las empresas emergentes lanzadas por mujeres (que ya son menos comunes) reciben como promedio un 23 % menos de financiación.

Al mismo tiempo, cuando los problemas del mundo real se clasifican de acuerdo con la economía de mercado, al trabajo que suelen realizar las mujeres se le resta "valor de mercado". El cuidado de los hijos y de los ancianos, por ejemplo, es poco rentable para la economía en crecimiento. Estas prioridades económicas se constatan en el hecho de que hay mucha más investigación dedicada a las tecnologías que ahorran mano de obra en áreas donde los trabajadores son relativamente caros, como los puertos, por ejemplo, que en las nuevas tecnologías que podrían ayudar a reducir la violencia en el lugar de trabajo.

La tecnología en detrimento de las mujeres

Las tecnologías pueden empeorar los problemas que padecen las mujeres en el lugar de trabajo. En el transporte trabajan menos mujeres que hombres y estas tienden a ocupar empleos precarios y mal remunerados, como los servicios de atención al cliente o la venta de boletos. Además, en estos empleos se observa un elevado índice de sustitución del trabajo humano por el automatizado. La reducción del personal en las estaciones tiene un efecto adicional para la seguridad de las trabajadoras restantes. La introducción de dispositivos móviles implica también más supervisión y más estrés resultante.

La destrucción de puestos de trabajo y el empeoramiento de las condiciones laborales, resultante de la forma en que se aplica la tecnología, perjudican especialmente a las mujeres. Con demasiada frecuencia, este impacto se trata como si fuera un fenómeno "natural": así son las cosas. Una vez más, la tecnología refleja una sociedad que trata de manera desigual a los hombres y a las mujeres.

A menudo escuchamos que la tecnología abrirá nuevos ámbitos de trabajo para las mujeres, ya que los empleos serán menos exigentes físicamente. De hecho, algunas empresas promueven activamente esta posibilidad, como una solución para el empoderamiento económico. Sin embargo, este tipo de empleos está configurando un sector informal facilitado por la tecnología, caracterizado por su escasa regulación, sus bajos salarios, una mayor exposición a la violencia y sin estabilidad laboral. De este modo, se están creando más condiciones de trabajo similares a las actuales: inseguras, no reguladas y desiguales.

Un problema complejo que requiere medidas complejas

El impacto de las tecnologías para la mano de obra no es simple ni lineal. No podemos decir, sin más, que la tecnología reemplaza a los trabajadores. Hay estudios que demuestran que la tecnología puede de hecho aumentar el empleo, cuando abarata el "producto" o amplia la eficiencia de la mano de obra y, por lo tanto, incrementa la demanda. Las nuevas tecnologías también tienen múltiples repercusiones para los ingresos: cuando la implantación de una nueva tecnología descualifica una profesión, se puede aprovechar para reducir los salarios. Sin embargo, si la tecnología demanda a trabajadores con habilidades más complejas, o si aumenta la demanda, puede impulsar los salarios al alza.

El problema para las mujeres es que este proceso tecnológico parece estar reforzando las estructuras vigentes. En otras palabras, es mucho más probable que encontremos a las mujeres trabajando en empleos que no requieren cualificación o que estén siendo sustituidos por las nuevas tecnologías, y menos probable encontrarlas en el grupo que ve aumentar sus ingresos.

Los sindicatos pueden recurrir a muchas políticas que les ayudarán a luchar contra estos problemas; algunas se aplican a nivel de empresa, otras a nivel del Gobierno y de la legislación, e incluso pueden aprovechar las oportunidades vinculadas a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Ante todo, los sindicatos deben comprender el impacto desigual que tienen las tecnologías para las trabajadoras. Necesitamos un sistema educativo que anime a las mujeres a entrar en los sectores de alta tecnología, incorporar una formación facilitada por los sindicatos y el reciclaje profesional de las trabajadoras del transporte de todas las edades. Necesitamos un mercado cuya normativa incentive un enfoque de los problemas con perspectiva de género. Necesitamos convenios colectivos y estructuras de remuneración que tengan en cuenta estas desigualdades. Necesitamos que las mujeres tengan voz en el lugar de trabajo, y tomar medidas para abordar la economía informal, sea digital o no.

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