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Los tres grandes desafíos para los trabajadores en el futuro del trabajo

Escrito por Víctor Figueroa, investigador estratégico de la ITF

El informe publicado por la Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) contiene recomendaciones interrelacionadas respecto de cómo hacer frente a los numerosos desafíos que las nuevas tecnologías plantean a la clase trabajadora. El informe constituye una de las respuestas más coherentes y holísticas al tema que se han publicado hasta la fecha, por lo que deberíamos felicitar a los autores por su iniciativa.

Entre un conjunto de recomendaciones novedosas, el informe sostiene que debe fortalecerse la negociación tripartita y sugiere considerar diversos mecanismos interconectados para ayudar a revitalizar el contrato social y proteger a los trabajadores. Entre esos mecanismos, la Comisión hace un llamamiento a que se aproveche la tecnología en apoyo del trabajo decente en el marco de un sistema de seguridad social más integrador y de una educación y aprendizaje permanentes.

Antes de identificar los principales desafíos tecnológicos que afrontan los trabajadores, el foco de atención está puesto en el potencial positivo de la tecnología. A continuación, la Comisión propone soluciones que ayudarían a garantizar que la tecnología sirva para mejorar las condiciones de trabajo. Por ejemplo, aboga por un papel central de los seres humanos en el proceso de diseño, por una normativa que proteja a los trabajadores expuestos al cambio tecnológico y por una inteligencia artificial que esté bajo directo control humano.

Protección digital

Hay muchas razones por las que elogiar estas propuestas: reglamentaciones sobre la responsabilidad en cuanto al uso de algoritmos, sobre la recolección y el uso de datos (incluida la tecnología de vigilancia y monitoreo) y sobre las plataformas digitales de trabajo. Esas reglamentaciones ayudarían a asegurar que se creen algoritmos considerando el impacto que tendrán en los trabajadores, mientras que los controles sobre las tecnologías de vigilancia y monitoreo reducirían el impacto de las prácticas diseñadas para exigir que los trabajadores trabajen aún más. Los controles sobre las plataformas digitales de trabajo protegerían a los trabajadores vinculados a formas digitales de trabajo, así como a aquellos que trabajan para plataformas como Uber y Deliveroo. Y, por supuesto, la tecnología podría tener un papel importante a la hora de preservar las buenas condiciones de trabajo: podría monitorear la jornada laboral y asegurar que se cumpla un mínimo de horas de trabajo garantizadas, tal como se propone en la recomendación relativa a la “soberanía sobre el tiempo”, por ejemplo.

En un principio podría parecer sorprendente que en un informe dedicado al “futuro del trabajo” se dedique tan poco espacio al análisis de las tecnologías individuales y su potencial transformador, algo que se ha tornado normal en informes similares en los últimos años. Para mí, sin embargo, esto es un indicio positivo, dado que significa que los autores han reconocido que la tecnología es una cuestión social: lo que hace está determinado por la sociedad y los órganos decisorios de esa sociedad.

Por lo tanto, la respuesta debe ser de carácter social; de hecho, no sería tan diferente a lo que se hizo para canalizar las olas anteriores de transformación tecnológica. Y requiere una fuerte intervención estatal. Asimismo, es sumamente positivo que el informe no se focalice en las posibles pérdidas de puestos de trabajo debidas a la tecnología. Esa es una señal de un análisis más maduro entre los dirigentes sindicales, que se aleja de las predicciones aterradoras que auguran una catástrofe para encaminarse hacia una evaluación más sobria de los retos a los que se enfrenta la clase trabajadora. Ambas conclusiones son respaldadas por mi propio trabajo en la materia.

Tres desafíos fundamentales

Sin embargo, hay áreas que considero deberían ser objeto de un examen más riguroso, tanto en este informe como en otros ámbitos. En mi opinión, los trabajadores de todo el mundo afrontarán tres desafíos fundamentales interrelacionados durante los próximos 15 años:

1. El paso de un mundo unipolar a uno multipolar

Estados Unidos dominó la economía internacional a partir de 1991, pero en los últimos años su hegemonía se ha visto amenazada por el debilitamiento relativo de su economía en paralelo con el crecimiento de los países del bloque BRICS, especialmente China. La política exterior de Donald Trump hace hincapié en el unilateralismo, con una retirada de los organismos de las Naciones Unidas y del Tratado INF. Al mismo tiempo, está entablando guerras comerciales con China y Rusia y presionando a aliados como Alemania para que adopten la misma política. El efecto de estas acciones será el socavamiento de los actuales mecanismos internacionales de comercio y el aumento en forma considerable del potencial de conflicto involuntario, en el que los trabajadores serán las principales víctimas.

Esta peligrosa situación exige que los sindicatos ayuden a construir una coalición de la sociedad civil a favor de la paz y de una negociación pacífica de los problemas entre las grandes potencias. De la misma manera, exige un enfoque internacional de las cuestiones comerciales y laborales.

2. El desafío que plantea el uso de la tecnología a las condiciones de trabajo bajo el paradigma neoliberal

La tecnología plantea varios desafíos a los trabajadores; la digitalización permite medir cada vez más aspectos del proceso de trabajo y generar datos. Estos datos, junto con los sistemas que los utilizan, permiten automatizar o controlar de forma remota más aspectos del proceso de trabajo. La combinación de datos y máquinas posibilita nuevas formas de reorganizar los procesos de trabajo.

La forma en que ocurre todo esto y el impacto que tiene están condicionados por otros factores como las leyes, las reglamentaciones, las costumbres sociales, la ética profesional y demás. En el marco de un paradigma neoliberal en el que el alcance del Estado está reducido a su mínima expresión y se exige tanta flexibilidad a los trabajadores que terminan de rodillas, todo queda, esencialmente, en el terreno de la autorregulación. Y sabemos cuán bien funciona. Es aquí donde el informe de la OIT es contundente y propone medidas reparadoras útiles.

Tal vez el más importante entre los posibles efectos negativos de la nueva tecnología sean los propios datos. O mejor, la capacidad de recabar datos sobre una cantidad cada vez mayor de aspectos de la vida. Los datos describen a las personas como individuos cuando se crean a través de las redes sociales y de un análisis de su actividad en línea. Estos datos describen a una persona como un ser social y como una personalidad. En el lugar de trabajo, los datos recolectados describen a la persona como un trabajador y permiten hacer comparaciones con otros trabajadores. En forma agrupada, estos datos pueden crear una imagen multifacética de la sociedad, de lo que le gusta, le disgusta, cómo se comporta, cómo percibe la realidad y qué considera, en líneas generales, correcto o incorrecto. No es una imagen perfecta, pero es mucho mejor de la que jamás se ha tenido.

El colonialismo digital

En la economía, los datos pueden crear imágenes multifacéticas similares de una empresa, o de un sector, o de muchas compañías, tal vez, incluso, de la economía en su conjunto. Pero también estamos creando datos relacionados con nuestra biología y con la biología del mundo que nos rodea. Y, en mayor o menor medida, estamos comenzando a dimensionar también el mundo natural a nuestro alrededor. Una vez más, nada de esto es exacto ni perfecto, y está limitado por nuestra elección respecto de qué queremos medir y por nuestra capacidad para entenderlo, pero, nuevamente, tenemos mucho más hoy de lo que tuvimos alguna vez, y en diez años habrá infinitamente más que ahora.

Los datos alimentan el conocimiento, y el conocimiento es poder. Y el poder corrompe. Por el momento, la recolección y el uso de datos están ampliamente desregulados y dominados por un puñado de empresas tecnológicas, que tienen su sede principalmente en uno o dos países desarrollados. El peligro de que los datos sean utilizados para beneficiar a un puñado de empresas ricas o, a su vez, a un puñado de países ricos, es claro. Los trabajadores de todo el mundo deben estar alerta a los peligros que presenta el colonialismo digital, así como la recolección y el uso desregulados de los datos. Para ello, necesitamos normas y acuerdos internacionales sobre los datos y sus usos.

3. El ascenso de la extrema derecha

Tras la crisis de 2008, la extrema derecha creció con vigor en muchos países y en algunos llegó incluso al poder. La violencia, la xenofobia, el nacionalismo virulento y el racismo de estos grupos polarizan a la sociedad y concentran el descontento legítimo en los sectores más excluidos y vulnerables de nuestras comunidades. En ejercicio del poder, estos Gobiernos intervienen de manera activa en el exterior y exhiben una postura militarista, lo que también contribuye a aumentar las tensiones internacionales. Estos movimientos usan el lenguaje de la injusticia con el fin de perpetuarla, acabando con los sindicatos y la sociedad civil progresista, lo que degrada las condiciones de trabajo y aumenta la desigualdad.

Estos tres desafíos interrelacionados han sido planteados en foros internacionales como la conferencia DECODE, que se celebró en Barcelona en octubre de 2018, pero aún no forman parte del debate central sobre el futuro. Aunque deberían, porque son temas inseparables. La digitalización y los datos no distinguen fronteras sectoriales en una economía, tal como lo demuestra el desarrollo de Amazon. Más aún, los datos no distinguen las amables fronteras que concebimos entre la política, la economía y la sociedad. Los trabajadores tendremos que hacer frente a una dura lucha para superar estos desafíos, pero triunfaremos.

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