COMENTARIO: La inutilidad de las detenciones iraníes
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En la misma mañana en que transcurría la jornada de manifestaciones internacionales reclamando la libertad de los dirigentes sindicales encarcelados en Irán, cinco miembros de la ejecutiva del sindicato del personal de autobuses de Teherán, Sherkat-e Vahed, fueron objeto de una redada antes de ser trasladados a la misma prisión en la que el líder de este sindicato, Mansour Osanloo, permanece detenido sin cargos desde el 10 de julio.
Desde la prisión central de Sanandaj, Mahmoud Salehi, dirigente de la Asociación de Trabajadores de Panadería de Sagez, se sumaba al día de acción del 9 de agosto sacando clandestinamente una declaración en la que mostraba su agradecimiento al movimiento sindical internacional, al tiempo que condenaba la detención y el encarcelamiento de 11 compañeros sindicalistas, por su participación en las actividades relacionadas con el 1º de mayo.
"La única forma duradera de calmar el impulso que mueve a cualquier movimiento de defensa de los derechos humanos fundamentales, es comenzar a respetar dichos derechos"
Los gobernantes iraníes temen la influencia que la solidaridad internacional puede ejercer sobre el pujante movimiento sindical de su país. Ello demuestra que no han sabido aprender una lección fundamental de la Historia: la única forma duradera de calmar el impulso que mueve a cualquier movimiento de defensa de los derechos humanos fundamentales, es comenzar a respetar dichos derechos.
En una reunión con compañeros y compañeras sindicalistas celebrada durante su viaje a Londres, tres semanas antes de ser brutalmente apresado por las fuerzas de seguridad iraníes, Osanloo declaró sin ambigüedades su profunda lealtad hacia su “amado país”, y afirmó categóricamente que no es en absoluto hostil a su gobierno. Su único anhelo es mejorar el salario de sus miembros, que languidecen con 200 US$ mensuales, una cifra por debajo del umbral de la pobreza.
El presidente de Irán Mahmoud Ahmadinejad tiene sin duda que agradecer a muchos de estos trabajadores y trabajadoras su victoria en las elecciones de 2005, en las que se presentó como“el basurero del pueblo” y el salvador de los pobres.
Prometió trabajar por la igualdad en este país rico en petróleo, aunque acuciado por una pobreza masiva. Pero fueron promesas huecas, como lo demuestra su total desprecio hacia los derechos humanos y sindicales.
Si el gobierno de Irán decidiera permitir que los trabajadores y las trabajadoras ejerzan su derecho a expresar sus preocupaciones y a negociar la mejora de sus condiciones, no comprometería sino que consolidaría su poder.
Si no lo hace, continuará alimentando el descontento de la población iraní y suscitando la condena cada vez más enérgica de los trabajadores y de sus gobiernos, tanto del mundo árabe como fuera de él.