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No conformarse con ver los barcos pasar

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Contexto de página: Página principal > Revista 'Transporte Internacional' > Transporte Internacional Edición 21 Octubre 2005 > No conformarse con ver los barcos pasar


Natalia Prosdocimi, primera mujer argentina en llegar al puesto de capitán, relata a Ana Beatriz Duarte cómo llegó a ser una pionera en su país.

Desde pequeña, Natalia Prosdocimi pedía a su padre que la llevara a ver los barcos al puerto de Buenos Aires. A los 17 años, el novio de una amiga la llevó a conocer el interior de uno de ellos. Era 1992 y estaba a punto de terminar la educación secundaria. Aquel día decidió a qué quería dedicarse en la vida: deseaba ser marinera.

En aquella época, las escuelas náuticas argentinas aún no aceptaban mujeres. Fue en el Centro de Capitanes de Ultramar y Oficiales de la Marina Mercante donde la informaron sobre un proyecto de ley que permitiría a las mujeres optar a esta profesión.

“Debemos en gran parte al sindicato la aprobación de la ley que permitió que las mujeres tuvieran derecho a formarse como oficiales de cubierta o de máquinas”, nos explica Natalia. En 1994, cuando finalmente pudo ingresar en la escuela náutica, era la única mujer de su clase. Diez años más tarde, en septiembre de 2004, Natalia se graduó y pasó a ser la primera mujer con grado de capitán en Argentina. En breve, va a asumir esa función en la misma empresa en la actualmente trabaja como primer oficial.

El interés femenino por esta profesión va creciendo exponencialmente. Este año, según afirma Natalia, se ha alcanzad o un record: el 50% de las plazas fueron ocupadas por mujeres que escogieron seguir el ejemplo de Natalia.

Meses fuera de casa

La dificultad para desarrollar proyectos personales y familiares es una de las principales razones por las que no hay más mujeres oficiales. En posiciones de mando, el porcentaje es insignificante: “Algunas alcanzan un buen puesto, pero una vez casadas abandonan el trabajo antes de convertirse en capitanes”, explica Natalia.

De hecho, la Organización Marítima Internacional estima que apenas el 2% del total de los trabajadores marítimos en el mundo son mujeres, y la mayoría de éstas pertenece a los sectores de cruceros y ferry.

Por otro lado, el nivel de sindicalización entre las trabajadoras del mar ha aumentado en casi un 6%. En los sindicatos afiliados a la ITF ya suman más de 23.000 mujeres. Natalia, naturalmente, es una de ellas.

Militante activa, ella destaca la importancia de pertenecer a un sindicato, y más en el caso de las mujeres, que necesitan ayuda para enfrentar la discriminación laboral. La desigualdad entre las mujeres y los hombres en el entorno de trabajo, relata Natalia, comienza a dar señales ya desde la escuela náutica.

“Algunos profesores me hacían trabajar mucho más que a mis colegas hombres. Cuando empecé a laburar, también viví la misma discriminación por parte de algunos superiores. Las mujeres deben esforzarse el doble para ser aceptadas, están siempre a prueba, laburan con mayor presión. Éste es otro gran obstáculo para que elijan la carrera y permanezcan en ella”, explica.

A pesar de esto, Natalia asegura que en general el ambiente es amistoso y cooperativo: “Recibí mucho apoyo de las personas que trabajan conmigo para presentarme a los exámenes de capitán”.

“El respeto”, continúa, “depende de la postura que el hombre o la mujer adopta con sus subordinados cuando ostenta un cargo de jefe. Nunca se puede perder de vista al ser humano.”

El triunfo de la solidaridad

En 2002, durante un conflicto para mejorar los salarios, que podría haberse transformado en una huelga, conoció la ITF y comprendió también el significado de la solidaridad internacional. Natalia cree que la fuerza derivada de esa solidaridad y el trabajo local del sindicato hicieron posible la gran conquista alcanzada el año pasado: un decreto que prohíbe el uso de las banderas de conveniencia en los navíos argentinos.

“Gracias al decreto tenemos un mes de descanso por cada dos meses de trabajo. Antes trabajábamos tres meses y no teníamos derecho a salarios tras desembarcar. El día en que nuestro navío pasó a enarbolar la bandera argentina, hicimos una gran fiesta en la que quemamos las banderas de Panamá y Liberia que ondeaban hasta entonces”, recuerda.

Un estímulo para cambiar de rumbo

Hace seis años, Vanesa Soto, que hoy tiene 26, leyó en el periódico que había un buque anclado en el puerto de Buenos Aires que podía ser visitado. 

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