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Home > مجلة النقل الدولي "Transport International" > Issue 21 October 2005 > London staff resolute in face of terror attacks

 
 

La determinación del personal londinense en los atentados terroristas

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Andrew Dodgshon describe cómo vivieron los conductores de autobús de Londres los sucesos del 7 de julio y su reacción.

El 7 de julio de 2005 amanece tranquilo. Se registran retrasos en la línea Thameslink a Londres debido a un fallo eléctrico, y también en la línea Guildford. La Línea Norte del metro de Londres tiene problemas. Nada nuevo para los usuarios, que se encogen de hombros y vuelven a sus crucigramas, a su libro o a dormitar. Casi nadie se inmuta.

A las 9 en punto se hace evidente que algo está sucediendo. Una multitud se dirige hacia Kings Cross, Edgware Road, Aldgate, Liverpool Street y Russell Square. Las sirenas de la policía, de ambulancias, de los bomberos suenan en una sinfonía. Las noticias dicen que se trata de una subida de tensión en el metro; pero los locutores, desconcertados, no pueden explicar la razón. Los testigos hablan de personas con el rostro ennegrecido saliendo de las estaciones de metro, de explosiones y de caos. ¿Cómo puede esto provocarlo una subida de tensión?, se preguntan los presentadores. Nadie lo sabe. Alrededor de las nueve y media los reporteros describen la llegada de los servicios de emergencia y escenas de un caos cada vez mayor. Amanece. Descubrimos que algo muy grave está sucediendo en la red metropolitana de Londres. A esa hora se ha dado ya la alerta máxima; la policía y los planificadores del transporte empiezan a enfrentar la situación. Se declara la alerta máxima (Código Ámbar) en toda la red de metro. Más de 200.000 personas son evacuadas a fin de limitar los daños a los lugares ya registrados.

Nadie tiene claro qué ha sucedido pero todos saben que ha sido muy grave. George Psaradakis, conductor de Stagecoach, lleva su autobús Nº 30 desde Hackney Wick a Marble Arch, hacia el centro de todo este tumulto. Le han desviado de la congestionada Euston Road. Es su primer día de trabajo después de un periodo de baja por problemas cardíacos.

Las personas que salen del metro suben al autobús de George como pueden; algunos no lo consiguen. Otros intentan apiñarse pero el autobús está demasiado repleto, y deciden seguir caminando. Pasadas las 9.45, el autobús llega al cruce entre Wobum Square y Tavistock Place, un lugar poco conocido pues está fuera de la ruta del Nº 30. Uno de los testigos describe cómo el chófer se detiene para preguntar dónde está. Entonces se oye una explosión enorme.

George explica, en una declaración hecha a través de su compañía, que “mi autobús fue desviado porque había miles de personas saliendo del metro. Muchos intentaban subir al autobús, todos a la vez. De repente oímos una explosión, después, vimos la matanza. Todo parecía suceder detrás de mí”.

Las imágenes tomadas inmediatamente después le muestran conmocionado, junto a su autobús. ¿Qué le pasa por la mente en esta situación? ¿Cuál es su instinto dominante? Lo primero que hizo George fue ayudar a sus pasajeros. “Intenté ayudar a esas pobres personas. Había muchos heridos y al principio pensé ‘¿cómo es posible que yo esté vivo y que todos estén muriendo a mi alrededor?’. La policía me alejó porque temían que hubiera más explosiones”. La terrible verdad de lo que acababa de suceder bajo tierra no deja ya lugar a dudas. Doctores y miembros de los servicios de emergencias se apresuran a ofrecer su ayuda.

A la hora del almuerzo todos sabemos que una serie de explosiones ha provocado la devastación, asesinado a muchos viajeros inocentes y herido a muchos más. Nadie puede confirmar si han sido terroristas suicidas quienes han perpetrado estos ataques, pero los rumores insisten en ello.

Para los choferes de autobús londinense la historia acaba de empezar. Con todo el sistema metropolitano fuera de servicio, los autobuses tienen que transportar a cientos de miles de pasajeros de más. De forma inmediata, algunos conductores de autobús se ofrecen para transportar a los heridos que caminan hacia los hospitales. Tony Woodley, secretario general del sindicato Transport and General Workers Union, alaba la respuesta instintiva de sus miembros. Nadie estaba obligado a estar de servicio. No hubo que reclutar por la fuerza ningún autobús. Fueron los propios conductores los que, a iniciativa propia, se ofrecieron porque, como dice un representante de autobuses de T&G, “es que ellos son así”.

Valor en medio de una matanza

Por la tarde todos sabemos que las muertes han sido provocadas por bombas. Pocos días después, los temores y sospechas de todos se confirman: las han colocado terroristas suicidas.

Los supervivientes, testigos directos de las explosiones, nos describen gráficamente lo sucedido: los gritos de los terroristas del autobús justo antes de hacer detonar su bomba; el terror y el sufrimiento de los pasajeros del metro; los muertos, los heridos e incluso los ilesos pero aterrorizados viajeros, atrapados en la oscuridad; el humo asfixiante en los vagones. Los políticos alaban la labor de los servicios de emergencia y de los trabajadores del transporte.

George Psaradakis añade su mensaje a los de muchos viajeros y trabajadores del transporte. “Me alegra comprobar que tantos londinenses continúen utilizando los autobuses a pesar de lo sucedido”, declara. “Mis compañeros y yo mismo tenemos un empleo importante y vamos a continuar desempeñándolo lo mejor que podamos. Vamos a seguir haciendo nuestra vida normal. No van a conseguir intimidarnos”.

Numerosos testimonios que describen el heroísmo del personal de autobuses llegan a la T&G. Un chofer musulmán de Stockwell, incapaz de llegar a su puesto de trabajo en Shephend’s Bush por la vía habitual, llega caminado. Una chofer de autobús que había presenciado los atentados del 11 de septiembre de Nueva York dice a sus colegas que no está dispuesta a que “estos desgraciados” la detengan. Se presenta voluntaria para ocupar uno de los primeros autobuses que salen a trabajar el 8 de julio. El representante sindical de George Psaradakis en Stratford es el primero en ocupar el autobús Nº30 el día después de los bombardeos, sirviendo de ejemplo a sus colegas y al público.

Barry Amold, director gerente de Stagecoach Londres, se declaró impresionado: “Nuestros conductores son auténticos profesionales, han hecho un trabajo magnífico desde que ocurrieron estos terribles acontecimientos”.

La tragedia humana tocó de lleno al personal de autobuses cuando se confirmó la muerte de Shahara Islam en el autobús de George Psaradakis. Su padre, Shamsuf, era también chofer de Stagecoach. George encabezó los dos minutos de silencio que mantuvo la nación una semana después, en la estación de autobuses de Stratford, flanqueado por el secretario general de la T&G, Eddie Mc Dermolt, y por Barry Arnold. “Con silenciosa dignidad y respeto expresamos nuestro más profundo desprecio por aquellos que colocaron las bombas y aquellos que planearon los atentados”, ha declarado.

Sigamos adelante

Ningún chofer de autobús de Londres ha sido obligado a volver a conducir si sentía temor auténtico. Pueden ser asignados a otra tarea en la terminal, sin que ello suponga merma salarial alguna. Nadie pretende que los conductores no sean aprensivos pero un alto representante de la T&G en Londres, Pat D’Cruz, declaró en la vigilia de Trafalgar Square: “Para mí y para todos los conductores de autobús, mecánicos y personal de estaciones y de nuestras compañías, todo se reduce a continuar desempeñando nuestros empleos; a mantener Londres en movimiento”.

La pesadilla retornó el 21 de julio. De nuevo una estación de Stagecoach Stratford se vio afectada, junto con tres estaciones más del metro de Londres. El autobús nº 26 de Waterloo Hackney fue de los servicios atacados, pero no hubo que lamentar muertes. Las bombas colocadas en mochilas no provocaron los estragos registrados dos semanas antes. El conductor del autobús, Mark Maybanks, reaccionó con rapidez. Evacuó a sus pasajeros y declaró después: “Estoy muy agradecido por haber podido evacuar a todo el mundo sano y salvo. Esa era mi principal prioridad. Simplemente hice lo que debía”. “No cabe duda de que los conductores de autobús de Londres han desempeñado un rol importante y lo han hecho con tranquilidad”, declaró Eddie McDermott, de la delegación sindical representante de T&G. “Pero no podemos confiarnos. En el futuro debemos garantizar las comunicaciones entre todo el personal clave de las estaciones de autobús; que la policía informe activamente a los conductores y tenga una presencia visible en los autobuses y en las estaciones, y que los supervisores de ruta sean formados adecuadamente”.

“Londres puede sentirse orgullosa de sus choferes de autobús”, añade. “Ahora necesitamos que continúe apoyando a sus compañías, que la industria siga colaborando con los sindicatos y con la policía para asegurarse de que se hace todo lo posible por proteger a las tripulaciones y a los viajeros”.

Los sindicatos del transporte se han reunido con el alcalde de Londres y han reclamado mejoras en la seguridad del transporte público de la ciudad y, en concreto, en la coordinación de los sistemas de comunicaciones.

Los miembros de RMT exigen su derecho a negarse a correr riesgos excesivos

Después de los atentados del 7 y el 21 de julio, el sindicato de conductores de metro RMT ha vuelto a reivindicar la necesidad de introducir mejoras en la seguridad de la red subterránea. 

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Andrew Dodgshon es responsable de prensa del sindicato Transport and General Workers Union, que representa a la gran mayoría de los empleados de autobús de Londres.

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