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Agenda No. 1 2007 > Un sexo seguro exige igualdad

Un sexo seguro exige igualdad

Existe acuerdo entre muchas agencias en que los programas sobre el vih no alcanzarán su potencial hasta que se dejen a un lado “normas sociales”  de género opresivas, Informa Kay Parris

El director de ONUSIDA, Peter Piot, no es el único experto convencido de que “sin colocar a la mujer en el centro mismo de la respuesta al SIDA, no creo que podamos controlar esta epidemia.”

En regiones en las que la enfermedad es hoy día endémica, el número de mujeres infectadas es superior al de los hombres y en países en donde esta epidemia está en sus comienzos, el número de infecciones entre las mujeres supera el de los hombres.

La desigualdad en las relaciones de género fuerza a millones de mujeres –cuya vulner?abi?lidad biológica a infecciones es muy superior a la de los hombres--  a someterse a las demandas de sexo sin protección y a ser mantenidas en la ignorancia sobre los encuentros sexuales ocasion??ales de sus compañeros.

Al mismo tiempo, las mujeres trabajadoras y, en particular, las más pobres y con menos seguridad laboral, que dependen de sus ingresos para la supervivencia de sus familias, sucumbirán a menudo a la coerción o ataques sexuales de colegas en cargos superiores, por temor a represalias o al despido.

Introducción de problemas del género en los programas sobre el VIH/SIDA en el lugar de trabajo

Por Romano Ojiambo-Ochieng

A fin de que los programas sobre el VIH/SIDA en el lugar de trabajo sean eficaces deberán tener en cuenta la realidad del comportamiento sexual de hombres y mujeres. Y, así:

• Además de los aspectos relativos a raza y orientación sexual, todos los programas relativos al VIH/SIDA en el lugar de trabajo deberían tener en cuenta el factor género y estar explícitamente dirigidos a hombres y mujeres, posiblemente, mediante la creación de programas separados para mujeres y hombres.

• La información sobre el VIH/SIDA proporcionada a las mujeres deberá alertarlas  y explicar su elevado peligro de infección y, en particular, la vulnerabilidad especial de las mujeres jóvenes a la infección con el VIH.

• La educación debería asistir a mujeres y hombres a comprender y a adoptar medidas sobre la desigualdad en las relaciones de poder entre ellos, tanto con respecto al empleo como en situaciones personales. También debería hablarse específicamente sobre la violencia y el hostigamiento sexual.

• Los programas deberían asistir a las mujeres a entender sus derechos dentro y fuera de su lugar de trabajo y empoderarlas para protegerse.

• La educación para hombres debería incluir medios de incrementar su toma de conciencia, la evaluación de riesgos y estrategias para promover su responsabilidad en conexión con la prevención del VIH/SIDA.

Las mujeres, en particular, deberán participar en la planificación y aplicación de toda política y programa sobre el VIH/SIDA en el lugar de trabajo.
 

Los estudios llevados a cabo indican que la violencia sexual –que, a menudo, lleva consigo lesiones para las mujeres, haciendo posible, en consecuencia, el paso del VIH a la corriente sanguínea--  es extremadamente frecuente en muchas sociedades y en determinadas partes de una sociedad. Un estudio afirma que, en Sudáfrica, la primera experiencia de contacto sexual del 30% de las mujeres es forzada y que el 71% de las mujeres se ven forzadas a mantener relaciones sexuales contra su voluntad, en algún momento de su vida.

En otro estudio, esta vez entre mujeres de origen hispano en Estados Unidos, un 20% de la muestra comunicó haber sufrido ataques sexuales por sus compañeros durante el trimestre anterior. Los estudios sobre este tema son numerosos.

Se necesita una voz

Aunque estas tónicas de comportamiento abusivo y de control son particularmente prevalentes en países en los que el VIH se encuentra más establecido, son también comunes en muchos grupos sociales de todo el mundo.

No se sugiere que los hombres que trabajan en el transporte se encuentren más dispuestos hacia este tipo de comportamiento y hacia las actitudes que lo hacen posible que los trabajadores de otras industrias y no hay duda de que, en muchos países, no es algo común.

A pesar de ello, son incuestionables, en general, las pruebas de comportamiento arriesgado por parte de los trabajadores del transporte y de una elevada prevalencia del VIH entre ellos, en comparación con el resto de la población. Lo mismo puede afirmarse por cuanto a los vínculos existentes entre la desigualdad de género, el comportamiento sexual arriesgado y la prevalencia del VIH.

Es bien sabido que los trabajadores del transporte en puestos de trabajo móviles experimentan muchas dificultades, entre las que se cuentan una prolongada separación de sus cónyuges e instalaciones inadecuadas de descanso, que contribuyen a que mantengan contactos sexuales no seguros.

Debido a ello, muchos de los programas de acción contra el VIH en la industria del transporte han tendido a centrar su atención en la mejora de las condiciones de trabajo y en la provisión de educación e información, que aliente a estos trabajadores a hacer que sus encuentros sexuales sean seguros mediante el uso de condones. Estos programas altamente importantes han tenido gran éxito.

No cabe duda, sin embargo, de que los mensajes sobre la prevención y cambio de comportamiento poseen una efectividad mucho mayor en grupos en los que participan las mujeres o en programas en los que se asigna gran importancia a los debates sobre el género. Los sindicatos del transporte están utilizando sus mujeres activistas con gran éxito en actividades de formación y asesoramiento. Los beneficios de la labor con las trabajadoras del sexo que operan en las zonas portuarias y en las paradas de camiones son claros. También posee importancia la labor comunitaria que hace posible la aportación de las voces de las esposas y compañeras.

Esto se debe, en parte, a que, al parecer, las mujeres se ven inclinadas a aceptar de manera particularmente favorable los mensajes sobre sexo seguro y, si tienen suficiente fuerza moral dentro de una relación para llevarlos a la práctica, lo harán.

Clave para un sexo seguro

El uso de condones es menor en matrimonios y relaciones duraderas, situación que explica por qué, en muchos países, es más probable que el número de las mujeres casadas infectadas por sus maridos que han mantenido relaciones extramaritales sean seropositivas sea superior al de las mujeres no casadas de la misma edad. Estadísticas recientes de Camboya, por ejemplo, indican que el 42% de nuevas transmisiones del VIH son de marido a mujer. 

Los sindicatos pueden ayudar a sus miembros a comprender y a hacer frente a los riesgos a que se han expuesto y a considerar el peligro que podrían representar para sus compañeras, tanto ocasionales como perma?nentes. Aprendiendo a mantener una mejor comunicación en sus relaciones, es posible que los trabajadores traten de mantener relaciones sexuales con un menor número de mujeres o, al menos, mostrar mayor honestidad sobre la necesidad de utilizar condones.

Un hombre que practica sexo violento representa para su compañera un riesgo de VIH muy superior al riesgo que ella representa para él y necesita algo más que el mensaje tradicional del sexo seguro sobre la manera de protegerse a sí mismo.

De manera similar, el riesgo posible para un hombre con experiencia sexual que mantiene relaciones con una mujer mucho más joven y sin experiencia puede que sea escaso o inexistente, mientras que el riesgo para la mujer puede ser enorme, puesto que sus membranas genitales no maduras son muy susceptibles a la transmisión del VIH.

Se trata de un problema generalizado en algunas partes del mundo, en donde las familias ofrecen comúnmente a mujeres jóvenes en matrimonio con hombres mayores, posible?mente con solvencia económica, a cambio de regalos, dinero o posición social, como resultado de ello, la edad media de fallecimiento del SIDA en algunos países es mucho más baja para las mujeres que para los hombres.

Este tipo de reto no puede solucionarse exclusivamente con mensajes básicos sobre sexo seguro, puesto que guardan relación con cuestiones fundamentales de comportamiento social aceptadas como norma, que pueden hallarse intrínsecamente vinculadas a la pobreza y a la falta de educación. Si bien los sindicatos que trabajan contra el VIH/SIDA no podrán alterar esta realidad por sí mismos, sí que deben tener conciencia de ello y fomentarla entre sus miembros, si se quiere avanzar hacia la igualdad y hacer de la prevención del VIH una realidad generalizada.

El reto del cambio

Aunque es cierto que estamos tratando con actitudes culturales complejas y bien arraigadas, no existe razón alguna para claudicar a la idea de que el cambio no ocurrirá jamás. Las normas culturales que pueden resultar opresivas para la mujer en Sudáfrica se hallan en contraposición con la legislación nacional que promueve la igualdad de la mujer, siendo numerosos los grupos e individuos que están trabajando para eliminar esta disparidad. En fechas recientes, Catherine Albertyn, directora de investigaciones sobre género en la Universidad de Witwatersrand, escribió: “Existen normas y valores alternativos, las mujeres se oponen y resisten y uno de los puntos de partida más importantes es hacer que lleguen al dominio público”.

El Sindicato Unido de Ferroviarios de Zimbabwe fue uno de tres sindicatos nacionales que se beneficiaron de un programa de educación para parejas dirigido por la Confederación Sindical de Zimbabwe (ZCTU). Este programa iniciado en 1995 funcionó con éxito por espacio de diez años, hasta que presiones de carácter político y económico en el país forzaron su clausura. Los puestos disponibles en el cursillo –que estaba constitu?ido por una serie de seminarios para parejas en los lugares de trabajo y en oficinas sindicales, durante los que los participantes hablaban abiertamente sobre el VIH y sobre sus relaciones--  estaban siempre llenos.

Clementine Dehwe, oficial de salud y seguridad de la ZCTU en aquel momento (en la actualidad, coordinadora de la campaña de Global Unions contra el VIH/SIDA), encargada del programa, manifestó: “Cuando hablamos de condones, estamos realmente hablando de comunicación, sobre la manera como las mujeres pueden decir, por ejemplo, a los hombres ‘¿Podemos utilizar condones?’ o sobre la manera como una puede alentar a su compañero a que se someta a prueba o asesoramiento voluntarios. Nuestros delegados entendían que deberían ir más allá de los límites normales del programa, si querían evitar que sus miembros perecieran del SIDA.”

Los formadores del programa están convencidos de que su labor ha tenido consecuencias duraderas sobre las vidas de las parejas participantes. Por supuesto que el planteamiento adoptado en Zimbabwe puede que no tenga aplicación a todas las regiones o países. Las diferencias culturales dictarán, por ejemplo, el grado en que las conversaciones deberán ser directas o indirectas y si los grupos deberán ser mixtos o separados por géneros. 

Las mujeres del transporte

En muchas partes del mundo, las trabajadoras del transporte vuelven a sus hogares para adoptar el papel de esposa sumisa y no protegida.

Los sindicatos del transporte deberán también aceptar el hecho de que las trabaja?doras –y, en particular, las que trabajan alejadas de sus hogares y de sus estructuras de apoyo y las que desempeñan puestos de trabajo de menos categoría y más inseguros--  se están viendo expuestas a peligro como consecuencia de las importunas insinuaciones y, en algunos casos, ataques de una minoría de sus compañeros de trabajo varones.

Las mujeres corren asimismo el riesgo de la pérdida de trabajo e ingresos como resultado de la muy superior responsabilidad que deben soportar en la mayoría de las sociedades en relación con el cuidado de miembros de la familia infectados por el virus. Si la mujer adquiere la infección, su sufrimiento como consecuencia de la vergüenza social será más agudo que para los hombres, por lo que será más probable que se vean forzadas a abandonar sus puestos de trabajo.

Esta realidad debería hacer que los problemas de género relacionados con el VIH/SIDA se coloquen entre las principales prioridades de los sindicatos. Según palabras de la Oficial de Mujeres de la ITF, Sarah Finke: “Los sindicatos del transporte deberán encontrar soluciones urgentes y prácticas a las relaciones de poder entre hombres y mujeres en el lugar de trabajo y en los hogares y no, simplemente, como objetivo a largo plazo. Esto significa tomar en serio el sexismo en todas sus formas y hacer frente al mismo con premura”.

El informe de ONUSIDA 2006 concluye de la manera siguiente: “Se necesita la introducción de medidas legislativas y de política que protejan a las mujeres y jóvenes contra la violencia sexual, el desheredamiento y la discriminación de género de todo tipo, con inclusión de prácticas tradicionales nocivas y violencia sexual dentro y fuera del matrimonio.”

Si los sindicatos quieren encontrar solución al problema del VIH en nombre de sus miembros, hombres y mujeres, deberán contribuir a mejorar la condición general de la mujer, haciendo frente a las desigualdades de género en el lugar de trabajo, en el dormitorio y en la legislación nacional.

Peter Piot sigue sintiéndose optimista ante un reto que parece ser abrumador. En una reciente entrevista aparecida en la revista Newsweek, Piot manifestó que podía percibir por todas partes el comienzo de un cambio de actitudes.

“Percibo este cambio dondequiera que voy. Tanto los hombres como las mujeres se sienten menos desamparados y menos avergonzados. Enteras comunidades tienen hoy día en sus manos el curso de su propio destino”.

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