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Contexto de página: Página principal > Revista 'Transporte Internacional' > Número 22 enero – marzo 2006 > vida laboral: Experiencia e intuición
VLADIMIR KAZIMIRSKY ES INSPECTOR Y REPARADOR DE VAGONES EN EL DEPÓSITO FERROVIARIO DE DARNITSA, AL SURESTE DE UCRANIA. ENTREVISTA DE LYUDMILA POVALI
¿Cómo empezó a trabajar en los ferrocarriles?
De niño, soñaba en convertirme en soldado. Cuando veía la serie de televisión polaca Cuatro hombres en un tanque con un perro empecé a jugar a los soldados con otros chicos y hasta en sueños me veía con un uniforme de oficial.
Un día, mi padre me llevó a la estación de ferrocarriles. Me asusté muchísimo al ver un tren de vapor y escuchar por primera vez su potente silbato. Pero este primer encuentro con las locomotoras, y lo que mi padre me contó sobre el trabajo de un ferroviario, me hizo replantearme mi futuro profesional. Después de dejar la escuela me inscribí en la Universidad Técnica de Transporte Ferroviario de Chernigov. Allí me asignaron como inspector de vagones de los ferrocarriles surorientales.
Aunque hacíamos prácticas, al principio éramos inexpertos. Afortunadamente, la voz de la experiencia vino a rescatarnos. Los compañeros más veteranos compartían sus vivencias con nosotros y nos daban consejos prácticos. Veía su actitud responsable hacia el trabajo y hacia la seguridad del transporte por tren y yo también empecé a desarrollar las características de un ferroviario.
Uno de mis peores recuerdos, sobre todo al principio, eran los turnos de noche. Me solía decir que trabajar en los ferrocarriles es casi como estar en el ejército: la disciplina es absolutamente esencial.
En aquellos días me consideraba un “formador amateur”, dado que además de mis tareas inmediatas me convertí en un jefe de equipo.
¿Y qué piensa hoy de su trabajo?
Puede llegar a ser duro: doce horas seguidas inspeccionando vagones y eliminado cualquier defecto no es tarea para débiles. Estamos acostumbrados tanto al mal tiempo, con lluvia, viento, nieve y hielo, como al calor del verano, con temperaturas de más de 30º y un aire sofocante rodeando los vagones.
Naturalmente, después de tantos años en el oficio mi cuerpo se ha acostumbrado. He aprendido a descansar antes del turno de noche, para mantenerme alerta y no perder ni un solo minuto valioso. Después de todo, tengo una enorme responsabilidad. He de trabajar concienzudamente haga el tiempo que haga. Así que las sequías o los cables de alto voltaje sobre mi cabeza no me asustan. El trabajo es el trabajo.
Cada mañana, media hora antes de empezar mi turno, se lleva a cabo una “inspección al vuelo”, en la que el jefe de la unidad de mantenimiento hace una pregunta de rutina: ¿llegaron sin novedad? En otras palabras, quiere saber si se ha garantizado la seguridad del tráfico ferroviario en nuestro sector.
Juntos analizamos y clasificamos cualquier “fallo” tanto en nuestro sector como en los sectores vecinos. Catalogamos como incidente de emergencia incluso si un tren se retrasa tan sólo uno o dos minutos. Y aunque en la actualidad hay menos tráfico ferroviario que antes, el horario de trabajo sigue siendo intenso. Durante un turno tienes que inspeccionar docenas de trenes y hacer un test adicional. Después de todo, somos responsables de la seguridad de los pasajeros, y de su confianza en el ferrocarril.
¿Qué hace para seguir mejorando en su profesión?
La formación es esencial. Nuestro trabajo requiere nuevas competencias permanentemente. Cada mes recibimos clases técnicas. Cada dos años aprobamos exámenes. Hoy, por ejemplo, con la aparición de los trenes de alta velocidad, nos aplican nuevos requisitos, aún más estrictos. Y si faltamos a una o dos clases, tenemos que pasar un examen más.
Así que el eslogan “Ante todo, la seguridad” del Día Internacional de Acción de la ITF, en el que participamos cada año, tiene una importancia directa para nosotros, los inspectores de vagones.
Por cierto, que en mi trabajo dependo no sólo de mis conocimientos, sino también de los años de experiencia que tengo a mis espaldas. A veces, parece que “presiento” un defecto escondido en un vagón, por pura intuición. Y como me consideran ya un veterano, disfruto compartiendo mi experiencia con los más jóvenes.
¿Hay algún problema sin resolver que le preocupe?
Naturalmente. Somos 743 trabajadores en el depósito de locomotoras, todos miembros de la Unión de Trabajadores Ferroviarios y de la Construcción del Transporte de Ucrania. Como miembro del sindicato me preocupa profundamente qué será en el futuro de la estación y del depósito de locomotoras, y las condiciones de trabajo que tendremos. Me inquieta, por ejemplo, el deterioro de los componentes de los frenos, la falta de las herramientas necesarias, la escasez de repuestos, la mala calidad de los uniformes y de los zapatos protectores. El comité de empresa y la gerencia están abordando éstas y otras cuestiones urgentes en la mesa negociadora. Aunque sea duro a veces, estamos esforzándonos por resolver, en nombre del personal ferroviario, las cuestiones que le preocupan.
¿Y si no lo consiguen?
Entonces el comité de empresa del depósito de locomotoras iniciará una acción directa contra la dirección. Y dado que quince de nosotros estamos en el comité de empresa, somos una fuerza a tener en cuenta.
Juntos defendemos los derechos de nuestros miembros, luchamos para que los trabajadores de vagones y nuestras familias tengamos unas vacaciones más largas, para ayudar a los jubilados, ofrecer ayudas económicas a los necesitados, defender los derechos de quienes son amenazados con un despido injusto y supervisar la aplicación del contrato colectivo.
Intentamos hacer todo lo que está en nuestras manos por que la vida en el depósito de locomotoras sea una preocupación habitual de la dirección y del comité de empresa. En este sentido, el siguiente tema en nuestra agenda es convertir una de nuestras salas en una cantina.
También apoyamos iniciativas jóvenes; por ejemplo, hemos ayudado al nuevo equipo de fútbol a comprar sus uniformes. Este año hemos celebrado el centenario de nuestra organización no sólo con victorias sindicales, sino también con un viaje en barco por el río Dnieper, organizado por nuestro comité de empresa.
Nuestras iniciativas siempre están apoyadas por el sindicato. Fue éste quien logró que las mujeres que realizan funciones de reparación tuvieran 38 horas de trabajo semanal, en lugar de 40. Y el éxito, aunque sea pequeño, siempre es alentador. Aún queda mucho trabajo por hacer, pero estoy seguro de que podremos superar las dificultades. Como dice el refrán: al hombre osado, la fortuna le da la mano.
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Número 22 enero – marzo 2006
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