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Contexto de página: Página principal > Revista 'Transporte Internacional' > Transporte Internacional Edición 21 Octubre 2005 > Comentario
Las bombas colocadas en los transportes públicos londinenses el pasado mes de julio, que segaron la vida de 56 personas, confirman lo que ya sabíamos desde los atentados de Madrid del 11 de marzo del año pasado, y los de Nueva York del 11 de septiembre de 2001: los transportes son el principal objetivo de los terroristas internacionales. Los extremistas han decidido desestabilizar el tejido social instilando en nosotros la sensación de inseguridad incluso cuando acudimos al trabajo cada mañana.
El personal de los transportes públicos del mundo entero ha de convivir con el temor de que su entorno laboral cotidiano no sea seguro, y con la responsabilidad añadida de que miles de pasajeros dependen de ellos en caso de que se produzcan nuevos atentados.
Ya se ha hecho realidad la pesadilla de que los medios de transporte sean utilizados como armas letales, como ocurrió con el avión de pasajeros del 11 de septiembre. El fácil acceso a los transportes públicos puede ser aprovechado para convertir a un grupo de personas en un blanco fácil, como ocurrió en Madrid. Además, los transportes poseen un valor simbólico muy elevado, porque representan a instituciones nacionales clave. Las compañías aéreas son un ejemplo claro de esta aseveración.
En los días posteriores a los atentados del 7 de julio, las alertas de seguridad londinenses interrumpían los servicios casi cada hora. La tensión y la suspicacia eran palpables entre los pasajeros. Sin duda, el personal de los transportes se sentía igual. Su mayor temor, –que los atentados no fueran una atrocidad de un solo día, sino el primero de una nueva y amplia campaña de terror–, pareció materializarse cuando se produjo la segunda oleada de explosiones, afortunadamente fallidas, sólo dos semanas más tarde.
Con este telón de fondo, los sindicatos del transporte de Londres y de otras ciudades se esfuerzan por imprimir carácter de urgencia a sus inveteradas reivindicaciones en materia de seguridad y de protección de sus miembros. El alcalde de Londres, Ken Livingston, ha sido una de las primeras personalidades públicas que reconoció el rol desempeñado por el personal de los transportes en los atentados. Los empleados del metro fueron los primeros en llegar al lugar de la tragedia subterránea para ayudar a rescatar a los supervivientes. El personal de autobuses transportó a los viajeros heridos a los hospitales. Tanto los conductores de autobús como los del metro volvieron directamente a trabajar a pesar de sentir que su seguridad estaba en peligro.
No podemos abusar demasiado de este grado de dedicación del personal de los transportes, que continúan desempeñando su misión, aún siendo más consciente que nunca de la necesidad de sistemas y dispositivos de seguridad fiables en su lugar de trabajo.
En Londres, los sindicatos han conseguido promesas de mejores sistemas de comunicación –por ejemplo, cualquier tren que carezca de contacto por radio será retirado del servicio; se revisarán los procedimientos de inspección de los paquetes sospechosos; y las cabinas de los choferes podrían ser reforzadas y dotadas de mácaras de oxígeno. Tal vez sea también necesario renovar los métodos de formación sobre seguridad. Y, sin duda lo más importante, los sindicatos seguirán vigilando que propuesta de reducción de personal sea sopesada en función de las consideraciones de seguridad.
Los agentes de seguridad de los transportes y muchos otros trabajadores de primera línea deberían saber claramente dónde comienza y dónde termina su rol de protección de los usuarios.Página inicial:
Transporte Internacional Edición 21 Octubre 2005
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